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10 de febrero de 2008
El penúltimo día del Segundo Festival de Música me preparaba para escuchar por primera vez la Sonata para dos violines y continuo en Sol Mayor de Giovanni Battista Pergolesi, con la doble expectativa de conocer otra obra de ese compositor y de escuchar a la violinista colombiana Angélica Gámez, una joven virtuosa hecha a puro pulso, con tenacidad y estudio, bajo la tutela de músicos colombianos, en especial del siempre recordado maestro Ernesto Díaz Alméciga (Q.E.P.D.), pedagogo y violista, fundador y director de la Orquesta Sinfónica Juvenil de Colombia.
Cuando comenzaron me llevé la sorpresa de que la música me era conocida: me tomó algunos instantes descubrir que lo que mis oídos recordaban era la Sinfonía de la Suite del Ballet Pulcinella que Igor Stravinsky había compuesto en homenaje a Pergolesi. Investigaciones posteriores demostraron, sin embargo, que esta sonata fue "compuesta por Domenico Gallo (nacido alrededor de 1730) y atribuida a Pergolesi", como reza en una partitura y otros documentos disponibles en internet. Hubiera sido conveniente que los directores del festival hubieran hecho mención de este asunto, para ratificarlo o desvirtuarlo.
La interpretación fue perfecta, con Elina Vähälä y Angélica Gámez en los violines y Andrés Díaz y Charles Wadsworth en el continuo. Confieso que me sentí verdaderamente orgulloso de ver tan bien representada a Colombia en el Festival con esta magnífica violinista, dueña de una técnica, una musicalidad, un sonido y un estilo que estuvo con creces a la altura de los grandes músicos con los que tuvo el privilegio de compartir atril.
A continuación, Jean-Yves Thibaudet y Andrés Díaz tocaron la Introducción y Polonesa brillante en Do Mayor para chelo y piano de Frédéric Chopin, obra desconocida para mí, pero en la que se reconocía el estilo del gran genio polaco. Como un detalle anecdótico, pero que fue una muestra adicional de profesionalismo del chelista Díaz, no puedo dejar de mencionar la ruptura de una cuerda en pleno acto que lo obligó a suspender la ejecución. Retomó la obra al inicio de la Polonesa, a lo largo de la cual apreciamos cómo el artista tuvo que usar en varias ocasiones los afinadores del cordal por pequeños detalles de afinación que, por lo menos para mí, pasaron desapercibidos.
Luego tuvimos una repetición del espectáculo de música ligera "Choro, Bossa, Samba y Jazz brasileros", a cargo de Paula Robison, Romero Lumambo y Cyro Baptista, quien nuevamente tocó su "chancletófono" de PVC, invento que nos había presentado el día anterior en el Hotel Santa Clara. En una deliciosa versión del bossa-nova "La chica de Ipanema", el pianista Stephen Prutsman se unió al grupo y tocó una improvisación de lujo.
Antes del intermedio el pianista Charles Wadsworth, director artístico del festival, nos regaló una sorpresa: la interpretación de una hermosa pieza compuesta por él, "Melodía sin palabras" y dedicada a Paula Robinson, ejecutada por ambos.
El final de la velada fue deslumbrante, tanto por la belleza de la música de Antonin Dvà rák (el Quinteto para piano y cuerdas en La Mayor) como por la enérgica y equilibrada interpretación de Elina Vähälä y la colombiana Angélica Gámez en los violines; Hsin-Yung Huang en la viola, Andrés Díaz en el chelo y Stephen Prutsman en el piano. En el aire del auditorio quedó palpitando durante largo rato el efluvio mágico que se había desprendido de la música.
Al salir del teatro hacia la noche, fresca de brisa marítima, me pareció que el público deambulaba por la Plaza de la Merced, las calles y las murallas como embrujado por el derroche de tanta belleza.